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TIBET

  • 24 ene
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 16 feb

Vistas del Palacio de Potala en Lhasa, guía de viaje al Tíbet y consejos para viajeros.


El sueño que pesaba más que el miedo


A veces los sueños pesan más que los temores. Y yo llevaba años dándole vueltas a mi viaje al Tíbet como quien mira un postre prohibido.

¿Y si el mal de altura me traiciona? ¿Y si no puedo con el ritmo? ¿Y si me quedo sin aire a la primera cuesta? A los 61 ya está una para pocas tonterías: o buscaba consejos para ir al Tíbet y me lanzaba ahora, o me arrepentía para siempre.



Grupo de personas con trajes típicos tibetanos frente a una estatua de elefante dorado en Monasterio de Sera


Prepararse para llegar, no para presumir


Me preparé como si fuera a escalar el Everest yo sola (aunque por suerte no era el plan).

Gimnasio, natación, caminatas largas y un mantra diario: “Tú puedes, mujer”.

No buscaba heroicidades. Buscaba llegar.



Ruedas de oracion en Tibet


China: donde empieza el show


Aterricé dos días antes para acostumbrarme a la altura. La altura, bien. La aduana… casi me manda de vuelta.

A un policía le pareció rarísimo que una mujer viajara sola al Tíbet. Resultado: yo, mi maletita —obra maestra del Tetris— abierta de par en par, cacheo, revisión del móvil y cara de “¿pero qué he hecho yo?”.



Turista posando junto a un gran monolito de piedra frente a las aguas turquesas del lago Yamdrok.


Dos horas que no venían en el itinerario


Cuando supieron que era una agencia china la que había preparado la excursión, todo cambió. Les di el teléfono del agente (menos mal que lo cogió).

Dos horas después, me soltaron. Sin explicaciones.

Yo recogiendo mis cosas con una mala leche que ni el jet lag me aguantaba.



Turista de espaldas mirando hacia la cordillera del Himalaya desde un mirador de piedra.


Bienvenida oficial a China


Intenté comprar una SIM. No.

—“Hoy no toca”.

Todo dicho sin levantar la vista del móvil, con un traductor que funcionaba peor que yo sin café.

Bienvenida a China.



Mujer de negro de pie a la orilla del lago Yamdrok con montañas nevadas al fondo.


Más controles, más paciencia


Al día siguiente, mi mochila pasó tres veces por el escáner.

El motivo: una alarma de mano a pilas.

La alarma les encantó. Tanto, que se la quedaron.

Y yo, otra vez a la oficina a verificar permisos.



Mujer frente a un monumento de piedra blanca con letras tibetanas en el Glaciar Karola.


Lhasa: cuando todo se calma


Llegué por fin al hotel y aquello era otro mundo: calma, sonrisas y una decoración tibetana que te abraza.

Salí a pasear por el río y acabé invitada a un pub tibetano por un señor adorable que llamó a su esposa, me dieron de comer y luego me acompañaron para que encontrara mi hotel.

Primeras notas del pueblo tibetano: amables, curiosos, educados…y con una felicidad que contagia.



Persona apoyada en el monumento que marca la altitud de 8848 metros en el Campo Base del Everest.


El grupo, la ruta y el cuerpo


Éramos 15 aventureros de medio mundo: Bangladesh, Malasia, Taiwán, EE. UU., Argentina, España…y dos tibetanos como guía y conductor.

Visitamos el Potala Palace, el monasterio de Seray talleres de incienso y escritura tibetana.

Y entonces llegó el mal de altura: dolores de cabeza, oxígeno, mareos. Andar costaba como correr un sprint.

A mí solo me afectó el primer día. Agua, descanso… y adaptación.

Cada día subíamos más. Frío seco, viento que te despeina el alma, un cielo brutal y una luz de verano a −12 °C. El lago Yamdrok, más azul que el cielo. Ahora entiendo por qué es sagrado.



Vista panorámica de la cara norte del Monte Everest con nieve y sombras al atardecer


Everest: el sueño cumplido


Y allí estaba.El Everest frente a mí.

No importa cuántas fotos hayas visto verlo tú es otra cosa.

No pudimos dormir en el campamento base por los −21 °C, pero lo vi al atardecer y al amanecer. Suficiente para tachar un sueño que llevaba años esperándome.

Viajé sola, pero nunca estuve sola. A veces el miedo es solo un aviso de que lo que vas a hacer importa.

Me temblaron las piernas, me revisaron hasta el alma y me quedé sin alarma de mano…pero volví con algo mejor: la certeza de que aún tengo sueños por cumplir y que la edad no es excusa, es impulso.

El Tíbet me enseñó que la vida sigue siendo grande. Y yo también.





El mismo lugar, otra estación, otra vivencia.





Escoger bien cómo y cuándo viajar.





Esta lectura forma parte de la sección Viajes, donde hablamos de moverse por el mundo con calma y criterio.


 
 
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