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Cotilleando sobre la muerte acabe abrazando la vida

14 abr
3 min de lectura


Mujer madura mirando al horizonte en la playa con serenidad, reflexionando sobre la vida y la muerte después de los 50



Cómo superar el miedo a la muerte y encontrar la paz en tu pasado

El otro día escuchaba una conversación sobre el sufrimiento al morir.

Sobre el más allá.

Sobre lo que dejamos a los nuestros.

Sobre si habrá dolor.

Sobre si habrá algo después del silencio.


No me generó miedo.

Me generó reflexión.


Mientras hablaban, yo no pensaba en cómo sería el final.

Pensaba en mi vida.

En todo lo que he vivido.

En las versiones de mí que ya no existen.

En las cicatrices que se convirtieron en carácter.

En cómo me siento hoy con todo eso a la espalda.


Y entonces entendí algo muy simple:

Me preocupa más cómo he vivido que cómo moriré.


Pensar en la muerte después de los 50 es inevitable

A partir de cierta edad, la muerte deja de ser una idea abstracta.

Empieza a colarse en conversaciones que antes no tenías.

En ausencias que duelen de una manera nueva.

En noticias que antes pasaban desapercibidas y ahora te detienen.

En ese momento extraño en que miras una foto de hace veinte años y no reconoces del todo a quien aparece.


Es normal preguntarse cómo será el final.

Si dolerá.

Si habrá algo después.

Si los que se quedan estarán bien.


Pero hay una trampa en esas preguntas.


Te empujan hacia adelante.

Hacia lo que no puedes controlar.

Hacia lo que no puedes saber.


Y mientras miras hacia allí, se te escapa lo único que sí depende de ti:

Cómo estás viviendo ahora.


Todo fue necesario. Todo.

Nada de lo vivido es un error sin sentido.

Ni los momentos de los que no me enorgullezco.

Ni las decisiones que me costaron caro.

Ni las relaciones que terminaron mal.

Ni los años en que me perdí de mí misma.


Todo fue necesario.

Cada error fue una lección que no habría aprendido en un libro.

Cada pérdida me enseñó el valor de lo que tenía.

Cada momento de cobardía me mostró el límite que necesitaba cruzar.

Cada tormenta me dejó más raíz.


Si hoy puedo mirarme con respeto, es porque antes me equivoqué y seguí.

Si hoy vivo con más calma, es porque antes hubo años de ruido interior.

Si hoy me conozco, es porque tuve que perderme para encontrarme.


Para llegar a esta versión de mí, todo el camino fue necesario.

Hasta el barro.

Especialmente el barro.


Y cuando entendí eso de verdad, no solo con la cabeza, sino con el cuerpo el miedo perdió fuerza.


La paz cambia la relación con la muerte

Cuando uno está en guerra consigo mismo, la muerte asusta.

Asusta porque sientes que te va a encontrar antes de terminar lo que viniste a hacer.

Antes de ser quien querías ser.

Antes de hacer las paces con lo que dejaste pendiente.


Pero cuando uno empieza a estar en paz, algo cambia.

La muerte deja de ser una amenaza que acecha. Se convierte en parte del ciclo. En el final natural de algo que tuvo comienzo.


No la invito.

No la espero con los brazos abiertos.

Pero tampoco la temo como antes.

Porque el miedo a morir, en el fondo, es miedo a no haber vivido.


Y yo he vivido y seguire viviendo. Con todo lo que eso implica.

No elijo la muerte.

Elijo la vida.

La elijo cada mañana, con más conciencia que antes.


Solo queda decidir cómo llegar al final

No puedo controlar cuándo será.

No puedo saber si dolerá.

No puedo saber qué hay después, si es que hay algo.


Pero sí puedo decidir cómo quiero llegar.

Con coherencia entre lo que pienso y lo que hago.

Con respeto hacia mí misma y hacia los que me importan.

Sin dramatismo innecesario.

Sin victimismo.

Sin deudas emocionales sin saldar.


Ligera.


Con todo lo vivido encima, pero sin que pese como culpa.

A mi manera.


Eso no lo decide nadie más.

Lo decido yo cada día, en cada elección pequeña, en cada conversación, en cada mañana que empieza.


A la manera BreakingBel."



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