Excursión a Cabrera desde Mallorca: mi experiencia y todo lo que nadie me contó

A Cabrera desde Mallorca
Cuando pensamos en Cabrera, lo primero que nos viene a la cabeza son aguas cristalinas, tranquilidad, un parque Nacional y la famosa Cueva Azul.
Todo parece un pequeño paraíso a pocos kilómetros de Mallorca, saliendo desde la Colonia de Sant Jordi.
Y lo es.
Pero también es un barco que te pone a prueba antes de llegar, unas lagartijas con más descaro que muchos turistas, un castillo desde el que entiendes la importancia estratégica de la isla y una paz que cuesta encontrar en otros lugares del Mediterráneo.
Esta fue mi experiencia.

El barco de la verdad
La excursión comienza en la Colònia de Sant Jordi.
El puerto está tranquilo, el mar parece una balsa y piensas que el trayecto hasta Cabrera será un agradable paseo.
Pues no.
En cuanto salimos a mar abierto apareció el famoso mar de fondo.
El barco empezó a subir y bajar sin descanso y, para colmo, a la ida nos tocó viajar uno con la cubierta más baja.
Cada vez que golpeábamos una ola entraba agua a cubos.
No hablo de cuatro gotas.
Hablo de acabar completamente empapada pelo, camiseta, pantalón... y hasta las deportivas.
Aquello parecía más una licuadora flotante que un barco.
Cuando regresé a casa, sobre las siete de la tarde, la ropa todavía seguía húmeda.
Mi consejo
Si ves que el mar está algo movido, un chubasquero fino no sobra en absoluto. Yo no lo llevé y me acordé de él durante toda la travesía. Y, por supuesto, el móvil bien protegido dentro de una mochila o una funda impermeable.

El castillo: una subida que merece cada paso
Había leído comentarios que hablaban de una subida dura.
Sinceramente, me pareció todo lo contrario.
El camino está perfectamente señalizado y en unos quince minutos puedes llegar arriba sin dificultad.
Nosotros tardamos bastante más, pero porque cada pocos metros nos deteníamos para hacer fotografías, disfrutar de las vistas... o esquivar alguna lagartija.
Lo mejor no es llegar al castillo.
Lo mejor es el camino.
A medida que vas ganando altura empiezas a descubrir el verdadero archipiélago de Cabrera.
Poco a poco aparecen nuevas islas, cambia completamente la perspectiva del puerto y el mar adquiere distintos tonos de azul.
Es uno de los lugares más relajantes en los que he estado.
Hubo varios momentos en los que simplemente me quedé mirando el paisaje sin hacer nada.
Solo se escuchaba el viento, el mar y algún barco entrando o saliendo del puerto.
Cuando llegas arriba entiendes perfectamente por qué este lugar era tan importante.

La famosa escalera del infierno
Cuando ya piensas que has terminado de subir, descubres que todavía puedes llegar más arriba.
Y merece muchísimo la pena.
Pero antes tendrás que enfrentarte a una estrechísima escalera de caracol.
No exagero.
Los escalones son tan pequeños que apenas cabe medio pie y la escalera es tan estrecha que casi hay que subir de lado.
Mientras subía solo pensaba una cosa.
¿Cómo demonios lo hacían hace siglos los soldados cargando con armas, provisiones o aquellos enormes anteojos para vigilar el mar?
Yo llevaba únicamente una pequeña mochila y ya me parecía complicada.
Y la bajada...
Entre la poca luz y lo estrechos que son los escalones terminé bajando prácticamente de puntillas, como una bailarina de ballet intentando no perder el equilibrio.
Cuando por fin vuelves a salir al exterior, la recompensa es inmediata.
Desde las terrazas del castillo se domina prácticamente todo el archipiélago. Es una vista realmente sobrecogedora.
Dentro del castillo también encontrarás paneles informativos de madera donde se explica la historia de Cabrera y su importancia como punto de vigilancia del Mediterráneo.
Más que un gran castillo, da la sensación de haber sido una auténtica fortaleza de vigilancia frente a piratas e invasores.

Las verdaderas dueñas de Cabrera
Al desembarcar, el guía nos avisó.
—No les deis de comer a las lagartijas.
Pensé que era el típico consejo para proteger la fauna del parque.
Cinco minutos después entendí el motivo.
¡Menudas lagartas están hechas!
No tienen absolutamente ningún miedo a las personas.
En cuanto sacas un bocadillo aparecen de la nada.
Y no vienen a pedir un trocito.
Van directamente a por el premio gordo.
En cuanto una consigue algo, aparecen las demás como si alguien hubiera dado la señal de salida.
Se persiguen, se empujan y se pelean por cualquier migaja.
Hubo momentos en los que me recordaron a una escena de Jurassic Park, pero en versión miniatura.
Reconozco que me daban bastante repelús.
Había tantas por el suelo que más de una vez levanté el pie en el último momento por miedo a pisar alguna.
Eso sí... forman parte del encanto de Cabrera.

Una cantina con mucho encanto
Después de toda la caminata hicimos una parada en la pequeña cantina del puerto.
Y fue una sorpresa muy agradable.
Es una auténtica cucada.
No esperes un gran restaurante ni un chiringuito de lujo. Todo es sencillo y precisamente ahí está parte de su encanto.
Pero si algo me gustó fue la gente.
Nos atendieron con una sonrisa desde el primer momento y enseguida empezaron a bromear con cualquier comentario que hacíamos. Se nota que disfrutan con su trabajo y consiguen crear un ambiente muy cercano.
La carta también me sorprendió.
Teniendo en cuenta que estás en una isla protegida, hay bastante variedad para comer o tomar algo y bebidas para todos los gustos.
Y otra sorpresa.
Esperaba precios disparados, como ocurre en muchos chiringuitos de Baleares durante el verano.
Sin embargo, me parecieron bastante razonables y competitivos.
Fue uno de esos lugares donde apetece sentarse sin prisas, descansar y disfrutar del silencio del puerto.

La Cueva Azul: el broche perfecto
La última parada fue la famosa Cueva Azul.
Había visto muchas fotografías antes de ir.
Aun así, impresiona.
El juego que hace la luz del sol al entrar por la boca de la cueva crea un color azul espectacular.
Durante unos segundos parece que toda la cueva está iluminada desde el fondo.
Y entonces llega el momento esperado.
El patrón da permiso para saltar.
El primer valiente se lanza...
...y el grito que pega al tocar el agua hace reír a todo el barco.
Porque sí.
¡Está muy fresca!
Después del primer impacto ya no quieres salir.
Yo fui nadando poco a poco hacia el interior, hasta el punto donde ya no llegaba la luz del sol.
Y allí descubrí otra curiosidad.
La famosa Cueva Azul solo es azul donde entra la luz.
A medida que avanzas hacia el interior, el efecto desaparece completamente y la cueva se convierte en una cueva marina normal, oscura y silenciosa.
Precisamente eso hace que el espectáculo resulte todavía más sorprendente.
La naturaleza, únicamente con la luz del sol y el agua, crea un efecto que parece casi mágico.

¿Merece la pena visitar Cabrera?
Sin ninguna duda.
No es una excursión para quien busca música, hamacas o un paseo marítimo lleno de tiendas.
Es una experiencia para quienes disfrutan caminando, contemplando la naturaleza y desconectando del mundo durante unas horas.
Yo volví a Mallorca cansada, todavía con la ropa algo húmeda por culpa del barco y con las piernas recordando la famosa escalera de caracol.
Pero también con la sensación de haber pasado uno de esos días que merece la pena vivir al menos una vez.
Y si algún día decides visitar Cabrera...
No olvides el chubasquero... ni pierdas de vista el bocadillo.
Si crees que puede ayudar a alguien, compártelo.


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